10 de agosto de 2013

Desenlace



Vacilé. Aun cuando había preparado mentalmente en infinidad de ocasiones mi argumento para esa situación, vacilé. Había soñado con esa oportunidad tantas y tantas veces y, sin embargo, en ese momento, enfrentado a ti, no sabía cómo reaccionar. Todo era tan increíble, tan absolutamente maravilloso, que me estaba dejando sin palabras, sin aliento.


Incluso cuando me invitaste a empezar a hablar, ante mis comentarios acerca de cuántas cosas quedaban en el tintero, diciéndome con tu eterna sonrisa de medio lado “habla ahora o calla para siempre”, no daba crédito a la extraordinaria situación que estaba a punto de vivir. Tanto tiempo imaginando ese momento con la certeza de que nunca llegaría, tanto tiempo memorizando cada palabra, visualizando cada gesto, para tenerte ahora frente a mí y sentirme completamente abrumado por tu presencia y tu belleza.


Callé unos segundos que se me antojaron eternos y acerté simplemente a balbucear si estabas segura de lo que estabas diciendo, si realmente querías oír lo que tenía que decirte, y … me lancé.


Tenerte tan cerca y parecerme tan distante, todo en uno. Jamás imaginé que esa cercanía provocase que los sentimientos aflorasen con tanta fuerza, con semejante intensidad como para paralizar hasta mi respiración. El corazón me pedía a gritos aire y descanso que no podía darle.


Olvidé todo aquello que había preparado y, simplemente, me dejé llevar por lo que tú me inspirabas, por la magia de aquel momento, por tu rostro en la penumbra, por las extraordinarias vivencias compartidas, intentando hablar lentamente, buscando las palabras adecuadas sabiendo de la dificultad de describir unos sentimientos de tal magnitud, tratando de no ofenderte en ningún momento y buscando siempre en tu mirada la fuerza que me faltaba.


Rompí mi monólogo cada vez que vi tu gesto confuso, quizá apesadumbrado por lo inesperado de la situación. Hoy, no estoy siquiera seguro de cómo interpretar tus silencios pero, en algún momento, creí ver en tus ojos cabizbajos dulzura, quizá tristeza, en cualquier caso, una expresión que nunca antes había visto en ti y que me resultaba de una extrema ternura.


Intenté por todos los medios transmitirte tanto con, creo, tan pocas palabras, que no estoy siquiera seguro de haber sido capaz de hacerlo. Sí te puedo asegurar, por el contrario, que no quiero olvidar algo de lo que me dijiste. “Jamás pidas perdón por decir algo así a alguien”. Gracias. Nunca podré expresar mi agradecimiento por dejarme expresar con esa franqueza sin que, por tu parte, hubiese el mínimo reproche y siempre con una delicadeza exquisita, tal y como tú siempre has hecho. Te puedo asegurar que me has hecho vivir la experiencia más intensa y maravillosa que he conocido hasta la fecha. Tan solo espero que mi sueño no se haya convertido en tu pesadilla. Nada más lejos de mi intención.


A veces los sueños se convierten en realidad porque los soñadores, por nuestra parte, ponemos todo de nuestro lado para que así ocurra. Y, aun en esos casos, no es evidente que todo vaya a salir como hemos soñado, pero la sensación de superación que nos invade incluso cuando el desenlace final no es el esperado es tal, que hace que nos convenzamos de lo necesario que es para nuestras vidas no dejar de soñar. Por eso, prefiero pensar que quién sabe, que la vida nos depara muchas sorpresas, y que quizá, en otra circunstancia, la vida me haga otro regalo más contigo.


Estoy feliz y entristecido a un tiempo. La sensación inicial de felicidad por haber disfrutado de esta oportunidad, mi única oportunidad, va dejando paso a la realidad, al desengaño, a lo que en mi interior sabía de antemano pero que, quizá de un modo infantil, había preferido soñar de otro modo. A fin de cuentas, por eso son sueños y por eso luchamos por ellos aunque sean inalcanzables, ¿verdad?


Guardo, a medida que va transcurriendo el tiempo, una imagen que no deja de distorsionarse a mi pesar, en la que entremezclo lo que quería que ocurriese y lo que, finalmente, ocurrió. Tu abrazo final, te puedo asegurar, perdurará en mí toda la vida. Largo, intenso, fuerte, en silencio, sintiendo tan próximo tu calor, cargado de emoción y de simbolismo, dejando que fuese yo quien determinase su duración, sabiendo que entre tus brazos se escapaba el sentimiento que, de todos modos, no deja de crecer en mi interior aun sabiendo que el tiempo no podrá ni borrar ni apagar. Te ruego me disculpes si fui demasiado apasionado. Intenté fundirme contigo para que, al menos, una parte de mí se quedase contigo, pegada a tu piel, a modo de imagen imborrable.


Adiós. Es lo único que me queda por decirte ahora. No es siquiera un hasta luego o un hasta pronto porque te respeto y te admiro demasiado como para no apartarme. Deseo con el más profundo de los cariños que la vida te depare todo aquello que anhelas y todo aquello por lo que luchas. Estoy convencido de que así será y, a pesar de que hubiese querido formar parte de ello y vivirlo en primera persona contigo, disfrutaré igualmente si sé que lo consigues. En mí tendrás siempre a alguien con quien podrás contar, sean cuales sean nuestras circunstancias y sin importar en absoluto el tiempo que haya podido transcurrir. Podrás contar conmigo sin ninguna duda.



Gracias por todo lo que me has hecho crecer, por ser como eres y por hacer que quienes te rodeamos tengamos en ti un ejemplo a seguir.





 Al

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