22 de agosto de 2013

HOY



Veintisiete años. ¿Quizá muchos? ¿Acaso limitados? ¿Suficientes para hablar y decidir con conocimiento de causa? ¿Es una experiencia vital de suficiente calado? Poco importa. En cualquier caso, un cúmulo de vivencias que, de manera indeleble, han dado forma a lo que hoy eres como persona y, probablemente, a lo que serás en el futuro. Un hoy extrañamente hueco y sin contenido al que ya no encuentras el sentido de antaño.


Intentar disfrazar la realidad como si nada ocurriese. Eso podría funcionar durante un tiempo pero, en el momento menos esperado y por el motivo más insospechado, todo estalla. Al igual que un castillo de naipes, pareciera incluso que no existiese base alguna que pudiese siquiera sostener lo más básico. No es la primera vez, es cierto, pero hoy es distinto, tú eres distinto. Cuando crees que puedes seguir adelante como has hecho ya en tantas y tantas ocasiones, pierdes de repente totalmente el contacto con la realidad y todo te parece ficticio, como si no lo estuvieses viviendo en primera persona. Pero no, está pasando, hoy y ahora, y compruebas con una mezcla de estupor y sorpresa que no eres capaz de reaccionar, que ya no te quedan fuerzas, que tus peores temores se confirman. Estás vacío. Todas tus energías se han ido quedando a lo largo de ese camino, en cada día vivido, en cada paso dado, en cada etapa salvada. Nada ni nadie las ha hecho renacer.


Vacilar en el momento de hablar con quien no tendría que escuchar nada de esto y, sin embargo, sentir al mismo tiempo cómo una placentera sensación de alivio te embarga. Sentimientos contradictorios. ¿Qué es lo que necesito? ¿Tengo suficiente energía para ello?


Indescriptible y sobrecogedora muestra de serenidad y aplomo y, en medio de todo el torbellino emocional, da un paso adelante, te mira a los ojos cogiéndote la mano como si fueses un niño y te dice que estás haciendo lo correcto, que te comprende, que debes seguir adelante, que es la decisión adecuada. Pero, ante todo, te pide una cosa, tan solo una: Que no dejes de ser nunca su mejor amigo.




Resquebrajado y agotado, hoy no te queda ya entereza suficiente y no puedes más. Las palabras se atragantan y se quedan en tu interior. Ya no ves más que agua, agua que mana sin cesar y que no eres capaz de frenar ni de limpiar. Ya ni siquiera intentas hacerlo como en tantas y tantas otras ocasiones. Tan solo aciertas a darle las gracias. Y le abrazas. Y te responde que puedes quedarte tranquilo, que vas a salir adelante y que vas a volver a disfrutar de la vida tal y como te gustaba hacerlo, aunque ya no lo recuerdes, pero que, por favor, no te olvides de llamarle. Porque eres su mejor amigo y no te quiere perder por nada del mundo. Veintisiete años después.




AHA

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