4 de junio de 2013

Pompeya me hablaba. Una ciudad muerta que yo sentía viva.



Su energía recorría mi cuerpo y me hacía vibrar, dejándome escuchar los gritos de esa humanidad que, hace casi 2000 años, recorría las mismas calles en busca de salvación.


Eran ellos ¿O eran mis gritos?
 ¿Quién recorría ahora sus calles en busca de salvación?



En las entrañas del Vesubio el magma acumuló con furia millones de gases. Ahora, en las mías, despertaban de un gran letargo, sentimientos incontrolables para explotar en forma de lava



Te hablé sin palabras. ¿Me oíste? ¿Verdad? Pudiste oírme.

Con la misma capacidad destructiva que la lava del Vesubio, mis palabras no dichas, cayeron sobre nosotros como gotas de fuego. No supe oír el temblor de mi Vesubio y estalló.


Y ahora, mi esperanza está en las cenizas. 


Sí. Esas cenizas que aquél día cayeron y cubrieron toda la ciudad para mantenerla en perfecto estado. Son las mismas, que cayeron sobre nosotros, que guardarán y mantendrán todo aquello que vivimos.






Una Placa en Nápoles recuerda la amenaza latente del Vesubio:

"Escucha ¡Oh posteridad!, ardía el Vesubio para destruir terriblemente a aquellos que huyeron demasiado lentos. Tarde o temprano volverá a estallar en llamas, pero primero tiembla, gime. Sálvate mientras puedas. Si te atrapa se acabó. Estás muerto".

Tú Vesubio, antes de estallar gemirá y temblará... 
si estás pendiente, lo oirás. 


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