2 de mayo de 2013

LA ESPIRAL


Vives en un sinvivir desde hace ya tanto tiempo que ni siquiera consigues recordar el motivo. Intentas cada día distraer esos pensamientos que no dejan de mortificarte y de aturdirte, pero la sensación que te producen es tan sumamente agridulce y peligrosa al mismo tiempo que, simplemente, te dejas arrastrar por ellos una y otra vez hasta volver a caer en la desesperación. Una y otra vez esa misma imagen y ese mismo sentimiento que la envuelve. Como si de un bucle en constante ejecución se tratase.



Es entonces cuando decides que ya está bien, que no vas a sobrellevar una sola vez más esa situación, que no vas a continuar dejándote llevar de ese modo por tus emociones y que vas a lograr que tu autocontrol se imponga a ese torrente de sensaciones. Pero es invariablemente ese mismo día cuando algo inesperado ocurre. Siempre ocurre algo. Es tan real como absurdo porque acontece justamente cuando te dispones a volver a empezar, a luchar por olvidar y por volver a dominar tus pensamientos, por ser tú nuevamente. Y es precisamente aquello que tiene de irracional lo que hace que vuelvas a caer en la misma espiral. Una y otra vez. 



Gestionas tus últimas turbaciones aprovechando tus días de descanso, esos que siempre utilizas como salvavidas al que agarrarte cuando la vorágine diaria te absorbe y no te deja siquiera pensar. Tranquilamente, ensimismado en tus razonamientos, concluyes que puedes conseguirlo, que puedes volver a enfrentarte a ello y que esta vez sí lo conseguirás. Elaboras mentalmente tu defensa y haces acopio de fuerzas que, una y otra vez, te han fallado pero que, en esta ocasión, estás seguro no te abandonarán. Ahora sí. Esta vez sí estás preparado para afrontarlo y estás convencido de que saldrás vencedor. Has reunido la fortaleza necesaria y has encontrado, por fin, esos argumentos que tantas y tantas veces has abandonado con anterioridad.



Allí te encuentras con ella. Ni tan siquiera te habías percatado de su presencia y es ella quien se detiene a saludarte. Tardas unos segundos en reaccionar. El tiempo parece detenerse. Ni la reconoces en un primer momento ni contabas con esa maravillosa casualidad. Es una situación tan inesperada que te deja sin aliento, sin palabras. Buscas sin cesar aquellas fuerzas que con tanto ahínco habías ido acumulando pero no aparecen. ¿Dónde se han ido todos esos argumentos? No articulas ni un sonido. Ves que sus labios se mueven sin cesar mientras te sonríen y eres incapaz de prestar atención a una sola de sus palabras. Solo aciertas a mirar su cara, sus ojos, sus manos, su cabello quizás un poco más largo que el día de la despedida. Y vuelve a ocurrir. Otra vez la misma sensación tan familiar. La imagen. El bucle. Una y otra vez. Y no puedes evitar dejar de sonreír porque quizás, tan solo quizás, no sea tan mala idea dejarse llevar por esa sensación. Es tan agradable. A fin de cuentas, solo tú la conoces, es tu secreto, y, aunque se apodera de ti y te maneja a su antojo, es tan deliciosa …







   
 

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