15 de mayo de 2013

AQUELLA NOCHE



Veía cómo, a medida que iba transcurriendo el tiempo, no hacía sino aumentar mi desazón, aunque en el fondo no era preocupación lo que me hacía caminar sin cesar de un lado a otro de aquel oscuro callejón. Había aceptado asistir a aquella cena porque me lo habías pedido expresamente y, a pesar de que siempre huía de ese tipo de compromisos, tu argumento me había parecido lo suficientemente importante como para dejar de lado las reglas de mi universo particular.


Intentaba hacer que el tiempo avanzase más deprisa haciendo una llamada telefónica a la que, francamente, no prestaba atención. Mi mente estaba en otra cosa bien distinta, así que opté por quedarme en la calle pues, a pesar del intenso frío reinante, prefería esperar en el entorno del restaurante y en la zona por la que imaginaba te vería llegar. No había muchas otras opciones, ya que el modo más sencillo de acceder a todas aquellas callejuelas tan estrechas era precisamente donde había decidido colocarme.


Conseguí el primer propósito que me habías encomendado con relativa facilidad. En el momento en que los primeros invitados comenzaron a llegar, entré con ellos en el local para, simplemente, poder elegir dos de las sillas. Afortunadamente era una mesa rectangular, lo que favorecía que, aun dentro del bullicio, fuese posible colocarnos de modo que no formásemos parte del centro de atención. En ellas me limité sencillamente a dejar un par de objetos a modo de llamada de atención. Aquello debería de ser suficiente hasta tu llegada.


Todos íbamos a esperarte. Ya nos habías advertido de que te resultaría imposible respetar la hora acordada pues, aun siendo fin de semana, una más de tus múltiples facetas requería tu presencia hasta bien entrada la noche, por lo que volví a la fría calleja para seguir atento a aquella esquina. La glacial sensación y el lento paso del tiempo me obligaban a continuar moviéndome de un lado a otro sin parar, pero tan solo mi cuerpo, que no mis ojos. Ellos seguían atentos a cualquier novedad que aquella calle quisiese depararme.


Ocurrió entonces en una de las ocasiones en que me estaba girando. Apareciste, vestida de negro, y ya ni siquiera recuerdo la excusa que di para dar por finalizada aquella larguísima e interminable conversación telefónica. Doblaste la esquina con tu habitual cara de despiste, como intentando habituarte a la penumbra de la zona y, al mismo tiempo, buscar la dirección adecuada. A partir de ese instante, ya nada fue lo mismo.


Recuerdo vívidamente mis sensaciones, la alegría desbordante, una inmensa necesidad de recorrer cuanto antes la distancia que nos separaba y así poder abrazarte, con un abrazo tan largo y tan fuerte como mi corazón me estaba dictando. ¡Cuánto me costó reprimir todo aquello! Fui hacia ti y tan solo me viste cuando estaba justo delante, a dos pasos y, aunque probablemente nunca lo sepa a ciencia cierta, quiero creer que tus ojos y tu sonrisa me decían que te alegrabas profundamente de verme. Quizás algo más que al resto de los asistentes.


Imbuidos de una gran sonrisa, entramos a la par en el restaurante,  limitándonos a saludar rápidamente a todos los allí ya presentes y a ocupar nuestros estratégicos lugares. Teníamos mucho de qué hablar, mucho que compartir, tanto que, recordándolo hoy en la lejanía del tiempo, veo todavía cómo los platos iban yendo y viniendo y los nuestros quedaban casi sin tocar. ¡Cuántas novedades que contar! ¡Cuántas sonrisas en las que recrearnos!


Anécdota tras anécdota, sonrisa tras sonrisa, con una complicidad que el tiempo había mantenido intacta, desgranamos tantas y tantas cosas que, cuando en un momento decidimos dirigir la vista hacia el resto de comensales, ya estaban abandonando la mesa pues la cena había terminado. La velada continuaba adentrándonos en la noche.


En todos y cada uno de los lugares por los que pasamos no hicimos sino saborear nuestras propias palabras observando el efecto que producían en el otro al ser pronunciadas. Nuestras cabezas pegadas, hablándonos sin cesar, ajenos en todo momento al bullicio que nos rodeaba e intentando que nuestras voces se impusiesen a toda aquella algarabía. Tu boca pegada a mi oreja, mi boca a escasa distancia de la tuya. Nuestras cabezas se tocaban de vez en cuando de manera involuntaria. Y así sin dejar de charlar y sonreír durante horas y horas, quedándonos simplemente ligeramente apartados del grupo que, consciente o inconscientemente, habían pasado a formar parte de aquella complicidad.


Guardé celosamente durante toda la maravillosa velada algo que había decidido entregarte aquella misma noche. No lo dudé ni un instante desde el momento en que había aceptado acompañarte. Necesitaba demostrarte de un modo tangible todo lo que suponías para mí y cuánto me hacías crecer en tu presencia. Así, cuando finalmente decidimos retirarnos compartiendo el mismo vehículo, entendí que era el momento adecuado. Confusión, voces temblorosas, sonrojos que la falta de luz ocultaba, torpeza, algo que caía al suelo, nervios, una despedida y un abrazo. Un abrazo que estoy seguro duró más de lo normal, unos susurros al oído, una emoción tan fuerte que hizo que tuviese que luchar por que mi corazón no saliese de mi pecho, y tu mano que, cuando se retiraba, acariciaba levemente mi cabeza. Tan solo acerté a asistir a cómo la puerta se cerraba a tu espalda, a ver cómo entrabas en tu portal, a reclinarme en el asiento y a grabar a fuego en mi retina y mi memoria aquel torbellino de emociones.


Ahora, cuando miro hacia atrás y recuerdo aquella inolvidable noche y todas sus consecuencias, no puedo dejar de pensar en qué haré si se me presenta una nueva oportunidad, esa segunda ocasión que, por lo visto, a veces la vida nos regala. Intento convencerme de que, si vuelves a proponerme algo similar, diré que no, que me encantaría pero que creo firmemente que no será una buena idea, pues duele demasiado tanto conservar el sentido como vivir con el sentimiento que más tarde queda. Pero a veces me digo también que sí, que ojalá me des esa segunda oportunidad, porque quizás acepte, y entonces es muy probable que no me guarde nada, y que deje salir todo aquello que en la penumbra de aquel taxi y en la dulzura de aquel abrazo me callé.
 




Al



 




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